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Una curiosidad: El vino submarino

Una curiosidad: El vino submarino

Aun cuando muchos no abandonan su escepticismo respecto a los vinos de crianza subacuática, el mercado continúa haciendo hueco a aquellos viticultores que se han empecinado en madurar sus cuvées en las profundidades del mar. Los inspirados enólogos submarinos creen que en el medio acuático se dan las condiciones idóneas de temperatura, luz y presión para el añejamiento de sus vinos. También sostienen que cerca del lecho marino, éstos maduran mucho más rápido que en tierra firme.

Aunque todavía no existen pruebas científicas que lo corroboren, las bodegas que apuestan por este singular envejecimiento aseguran que los factores que favorecen este tipo de crianza son cuatro: presión y temperatura constantes (en torno a los 14 grados); salinidad; ausencia de luz y ruido y el movimiento suave y constante del oleaje.

En jaulas

Cuestión de fe o no, lo cierto es que en la cata objetiva, los vinos que han reposado meses en el mar presentan una madurez precoz, pero no por eso menos armónica. El asunto de la salinidad, en cambio, es más bien una sugestión, porque las botellas que se adentran en las aguas -en jaulas bien protegidas- están selladas con lacre, ya que la filtración de agua salada resultaría completamente perniciosa. Por ello, muchas de las referencias submarinas emplean también tapones de cristal, más herméticos que los de corcho.

La última bodega en sumarse a esta tendencia ha sido, cómo no, la extremeña Habla, siempre dispuesta a apuntarse a todas las modas y excentricidades. Sin embargo, al contrario de lo que hace la mayor parte de los viticultores marinos, esta compañía no cría su vino submarino en botella, sino en depósitos de 300 litros, a 15 metros de profundidad, en la bahía de San Juan de Luz, localidad atlántica del sur de Francia. Quizá por eso Habla del Mar (24 euros) tenga un carácter menos diferenciado respecto a otros vinos del mar.

Otra de sus singularidades es la ausencia de añada -por lo que se deduce que es una mezcla de varias cosechas-, mientras que la materia prima utilizada es un secreto que se reservan para sí. «Utilizamos variedades atlánticas seleccionadas de diferentes viñedos costeros atendiendo al criterio de su máxima adaptación e idoneidad para las condiciones de presión y temperatura propias del proceso de inmersión», es la explicación oficial de Habla.

Más evidentemente marino resulta Attis Mar 2016 (68 euros), albariño que los hermanos Fariña sumergen durante seis meses en su propia batea de mejillones en la ría de Arosa, a 12 metros de profundidad. Madurado previamente otros seis meses con sus lías en depósitos de acero inoxidable, el blanco más excéntrico de esta joven bodega de Rías Baixas emerge del mar con la botella cubierta de lapas y moluscos y tiene un carácter fino y no por eso menos rotundo, untuoso, fresco, floral… y marcadamente salino (aunque esta última característica se debe más bien a la proximidad de los viñedos con el Atlántico).

En botella y ánfora

Junto a estas novedades, la empresa que continúa liderando la elaboración de este tipo de referencias con crianza subacuática es Crusoe Treasure, afincada en la bahía de Plentzia (Vizcaya). Esta compañía inició sus investigaciones en torno a la crianza sobre el lecho marino en el año 2009 y hoy cuenta con tres líneas de vinos: Sea Soul -con un blanco de albariño (Sea Soul N0 1; 59 euros) y un tinto de tinta fina (Sea Soul N0 3; 62 ), entre otras variedades-, Sea Passion -con un tinto de tinta fina y otro de tempranillo y maturana- y Sea Legend, la línea más exclusiva, cuyo blanco de viognier todavía se encuentra sumergido.

Más radical que todos ellos es, sin duda, el Garum Submarino (248 euros) que las bodegas gaditanas Luis Pérez producen con la variedad tintilla de Rota que, tras madurar 16 meses en barricas de roble, se introduce en ánforas de barro para su posterior crianza sobre el lecho marino, durante 12 meses, a 12 metros de profundidad. La imagen de la vasija de barro plagada de lapas, restos de algas y moluscos se asemeja más a un hallazgo arqueológico que a un vino elaborado en pleno siglo XXI.



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